Brasil 2 - México 0, lunes 2 de julio de 2018, Samara, octavos de final

La esencia del misterio está siempre en las zonas intersticiales, en lo que une una cosa a otra, que es algo que no existe. Desde hace siete u ocho días deseo que estos textos de la parte final tengan una continuidad, y que logren sugerir (tardíamente, claro) algo así como  una intriga. ¿Cómo lograr eso cuando escribo? La idea sería trabajar eso, tejer la trama. Entonces, debería ponerme a pensar, elaborar, hacer anotaciones, mapas. Pero claro, una vez desarrollado debería unir no ya dos cosas sino tres: el deseo, el acto de escribir y el diseño del proyecto. En mí, el deseo y el acto de escribir estuvieron mucho tiempo separados. Pero en algún momento logré unir las dos (creo que ese es el mismísimo acto creador de entidad de un texto), pero, me parece ahora, había sido gracias a la ausencia de la tercera; es decir, el descaro, el desparpajo, que me permitieron unir deseo y acto fueron posibles porque me despreocupé y dejé suspendido ese trabajo de la construcción de la trama, que, sospecho, debe ser cuidado y concienzudo. Es muy probable que una vez concretado ese trabajo de diseño de la trama sea necesario pegarlo nuevamente —de algún modo que desconozco—, por detrás con el deseo y por delante con el acto de escritura. De todas formas, confío en que tarde o temprano terminaré por entender cómo hacer ese trabajo (siempre hay más trabajo por hacer porque siempre somos vagos) y veré qué es lo que pasa. Cuando iba apenas un minuto y treinta segundos de juego, Guardado tiró un centro a Lozano que paró la pelota de pecho y remató al arco. Miranda, el defensor brasileño, se apuró a cortar el remate y la pelota se fue al córner. Me quedé pensando un poco en que un jugador más hábil -o más rápido en inteligencia- se hubiera dado cuenta de que su remate iba a ser interceptado y habría hecho un amague antes de rematar luego. Pero no lo hizo. Lo que hizo fue un movimiento que puede hacer casi cualquier jugador de fútbol, incluso uno amateur: pararla de pecho acomodándola para el remate y patear. (Hace muy poco –y muy tarde- me di cuenta de la importancia del amague en casi cualquier situación de juego). Si observamos a los defensores de cualquier equipo, cada movimiento que hacen con la pelota cuando están saliendo del fondo incluye un pequeño amague; el rival no debe poder predecir hacia donde irá el pase -porque sino sería muy fácil anticiparse- y para eso el defensor debe sugerir, con el cuerpo, o quizás con la mirada, que quizás el pase irá hacia el jugador A, quizás al jugador B, o que tal vez saldrá jugando con la pelota en los pies. Pero en ataque el amague es diferente. El amague en ataque es uno de los tres o cuatro elementos claves del talento futbolístico. Porque el amague en ese caso debe surgir directamente, y juntamente, del mismo deseo de gambetear, o de hacer un gol, o de dar una asistencia. Una cosa viene pegada a la otra. En este sentido, siempre pensé que el talento es tener las cosas pegadas desde antes de su concepción como elementos racionalizados. Ayer había calculado mal: estoy retrasado tres textos, no dos.


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