Lo de la escritura que surge luego de un silencio, de una espera o del aburrimiento, debe tener que ver con el lector. El lector es ese silencio, esa espera, ese estar quieto y mudo... Me desespera justamente porque espera algo (o todo). Y no es que yo crea que no tenga algo para él sino que se me pegotea la cinta scotch con la que cierro el envoltorio. No es posible pensar en el lector. Solo lo puedo figurar esperando, mientras yo estoy aburriéndome o desesperándome para sentirme él. La escritura sería un diálogo que establezco a priori. Escribir tiene algo de entrevistar. Me fascinan las entrevistas porque puedo sentir que el entrevistado soy yo y que también soy yo el entrevistador, y que yo, escuchándolos a los dos, también puedo ser yo (me desdoblo dos veces). Los serbios serían los auténticos malos del mundo contemporáneo. No los norcoreanos. Qué incómodo y desagradable es a veces tener que dar una opinión política. Éste es el primer texto que escribo sin ver el compacto del partido. Hoy, cuando manejaba por el microcentro, se me cruzó por la cabeza una idea de un nuevo registro para este libro. Nuevo en el sentido de que no lo he usado todavía. Pero no me acuerdo cuál era. Tenía que ver con el del diario, con lo autobiográfico… pero era otra cosa. Hace mucho que no se me ocurre una idea.
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