Es probable, pienso en estos días, que a medida que me acerque al final, los capítulos se vayan poniendo cada vez más autobiográficos.
No se trata tanto de que me acerque al final del texto sino que me acerco al final del año, y de que la característica de estos días y su ritmo está dado, sobre todo, por cuestiones muy personales e íntimas. De alguna forma, cuando nos acercamos al fin de año también nos acercamos a nosotros mismos y a los aspectos que tienen que ver con el transcurrir de nuestro tiempo vital; nos aproximamos a un “algo” que, la mayoría de las veces, no se trata de otra cosa que la figuración de nuestro propio final. En mi caso, me cuesta separar esas metas (“metas”, y no “objetivos”, por el sentido de la demarcación de un final, y no de una finalidad, de algo a obtener, como en el caso de “objetivos”). Quizás para vivir con un sentido artístico hay que ponerse metas y no objetivos. Ya que, si la última instancia a la que llegamos en la concreción de una obra es a nosotros mismos, entonces se hace ineludible también llegar hasta el fin de nosotros mismos a través de la obra. Y, actualmente, nada ofrece mejor figuración del fin (tomando los dos o tres sentidos más habituales del término) de nosotros mismos que la idea de nuestra propia muerte física. El fin de año es el fin de nuestro año, es decir el fin de algo nuestro, de una parte de nuestra vida y el final de un año que no viviremos nunca más. Hace un rato me pasó algo un poco extraño. Creí, por un instante, que el desarrollo del mundial había estado viciado por un error de tipeo en la carga de datos de los resultados de los partidos de la primera fase y que eso los había llevado a un error en la lista de clasificados en la segunda ronda. Algo prácticamente imposible (por los reclamos, etc.), pero de todas formas, por unos dos segundos y medio me ilusioné con la posibilidad de haber descubierto algo. El error que creía haber encontrado era en ¡la contabilización de un gol por parte de la FIFA! Pasó que busqué en YouTube el partido que jugaron Bélgica e Inglaterra, y vi, sin prestar mucha atención, el compacto de dos minutos y diez segundos que me apareció. Después, cuando me estaba por poner a escribir, recordé que en el compacto había visto dos goles de Bélgica, pero no estaba del todo seguro, así que entré a la página de la FIFA para leer el reporte del partido y leí el resultado: Bélgica 1 – Inglaterra 0. Hay un error, dije, seguramente. Pero no podía descifrar si el error era de la página de FIFA (un error de tipeo) o del video. O quizás, se me ocurrió también, uno de los dos goles fue anulado y al que editó el video se le pasó y no mostró el gesto del árbitro invalidando el gol. Aunque en verdad eso era bastante improbable, porque al final, cuando terminaba el compacto, se escuchaba al relator que decía: “y ganó Bélgica 2 a 0, nomás”, o algo así. Así que pensé: lo más probable es que el resultado que esté mal sea el de la página de la FIFA, como tantos errores de tantas páginas oficiales de tantas cosas, nada muy extraño. Pero el asunto es que entré a leer las estadísticas del partido y ahí también aparecía un solo gol. Fui a Google para buscar directamente:

No sabía que habían jugado dos veces en el mismo mundial. Obviamente, el resultado que había encontrado en la página de la FIFA era el del partido del grupo (al que corresponde este capítulo) y el video que había visto era el del partido por el tercer puesto, que aparecía primero en la lista que ofrecía YouTube a la búsqueda “Inglaterra Bélgica mundial Rusia”. Jugaron dos veces, y las dos veces ganó Bélgica. En el primer partido los dos ya estaban clasificados y los dos lo jugaron con mayoría de suplentes. Hay una atajada muy buena del arquero inglés de un remate de volea de un lateral belga que me gustó mucho. He terminado con los textos de los partidos de la fase de grupos.
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